Los efectos de la contaminación ambiental en la salud

John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos en la década de los 60, citaba que “nuestro vínculo común más básico es que todos vivimos en este planeta. Todos respiramos el mismo aire”, pero, ¿cómo es a día de hoy nuestra relación con el espacio natural en el que vivimos?..


Por Silvia García Herráez

Aunque no pueda mostrarse a simple vista, ahí está. Como consecuencia de la mala calidad del aire que respiramos, nuestra esperanza de vida puede reducirse considerablemente. Según los datos de la Agencia Europea de Medioambiente, en 2013 fallecieron en nuestro país cerca de 30.000 personas por causantes como el dióxido de nitrógeno, las pequeñas partículas del aire en suspensión y el ozono.

Xavier Querol, geólogo e investigador en el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), explica cómo son esas partículas y los daños que nos producen. “Estas son sólidos o líquidos que están en suspensión en la atmósfera. También son unos contaminantes que están a la escala de partes por billón, pero su concentración es la más dañina para los humanos. Pero, ¿por qué son tan dañinas? Porque son unos sólidos que pueden acceder al tracto respiratorio, luego a los pulmones, y algunas partículas son tan finas que pueden atravesar los alveolos pulmonares y acceder al torrente sanguíneo y a cualquier órgano del cuerpo”.

Con respecto a esto, la Directiva del Parlamento Europeo y del Consejo de la Unión Europea, establecen límites teniendo en cuenta los diferentes compuestos, e indica que cada país debe instalar unos puntos de muestreo para registrar los datos correspondientes y proceder al análisis. En Madrid, existen 24 estaciones para medir la calidad del aire y, desde hace varios años, se superan todos los umbrales establecidos. Mientras la norma europea fija que el límite de dióxido de nitrógeno es 40 microgramos por metro cúbico durante todo un año, en la estación de medida de Plaza España se superó ese límite cada mes del 2017, excepto en agosto. La época en la que hubo mayor nivel de dióxido de nitrógeno fueron los últimos tres meses del año, superando los 60 microgramos por metro cúbico. En cuanto a las partículas del aire en suspensión, en la estación de Castellana, se superó el umbral máximo permitido (10 microgramos por metro cúbico) obteniendo en febrero la mayor subida anual en 2017 llegando a los 22.

A raíz de esos resultados, la corporación de la alcaldesa Manuela Carmena presentó un nuevo plan de medidas tan representativas como controvertidas con el fin de paliar los efectos nocivos para la salud humana. El Ayuntamiento comenzó a implantar las restricciones de tráfico en las zonas más contaminadas, como la conversión del centro de la capital en un área de prioridad residencial o la peatonalización de la Gran Vía madrileña. Además, se incluyen decisiones precedentes como limitar la velocidad en la M-30 o los días exclusivos para el rodaje de coches con matrícula terminada en número par o impar.



Pero Madrid no es la única capital europea que aplica medidas extraordinarias para frenar la contaminación atmosférica. París es una de las ciudades de la Unión que más medidas ha tomado para detener los altos niveles de polución causados por el tráfico rodado. Los vehículos más contaminantes no pueden circular por la capital francesa los días laborables desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la noche. Esta medida afecta a los vehículos particulares que lleven en circulación desde antes de 1997.

Por su parte Londres, tiene implantado un sistema de tarifas de congestión que limita la circulación por el centro de la ciudad. Este funciona de lunes a viernes de 7 de la mañana a 6 de la tarde y tiene un coste de 11.50 libras (casi 13 euros) con un descuento para aquellos coches que sea eléctricos o híbridos. Por su parte, la capital italiana, Roma, una de las ciudades europeas más activas en cuanto al tráfico rodado, ha implantado el mismo sistema de matrículas par e impar que en Madrid. Solo podrán circular por el centro histórico aquellos vehículos autorizados.

Contaminantes perjudiciales


La movilidad asemeja ser el corazón de las grandes ciudades y las carreteras las arterias que la mantienen con vida. Pero, ¿y si esta movilidad nos termina perjudicando? ¿Qué pasa cuando se prioriza el transporte a motor frente a las personas? Evidentemente, necesitamos espacio para los coches. Con todo, cualquier persona que haya vivido una hora punta en Madrid constatará el flaco favor que los automóviles le han hecho a la movilidad. Más allá de la contaminación, los accidentes y el estrés que provoca el tráfico, existen otros factores igual de dañinos que deberíamos tener en cuenta.

Uno de los principales contaminantes que puede resultar perjudicial para la salud humana es el ozono. Es un “gas incoloro e inerte que no posee una concentración media mundial suficiente para que suponga un peligro directo sobre la salud”, señala Mónica Ruíz Alonso, investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Alonso explica que, “la problemática asociada es el aumento del efecto invernadero. Sin gases como el ozono, la temperatura media terrestre sería de -18ºC, pero un aumento excesivo provocaría un incremento de la temperatura media terrestre”. De todos ellos, la concentración de ozono es el que más ha aumentado, principalmente en las ciudades por el tráfico rodado y las calefacciones. Una mayor temperatura global podría suponer una importante crisis para la supervivencia humana, en la que tendríamos que hacer frente a distintas amenazas. Entre ellas destacan: la subida del nivel del mar, la desaparición de los glaciares, sequías, fenómenos meteorológicos extremos y la extinción de especies. La temperatura media a finales de siglo, se prevé 4ºC superior a la de hoy en día.

También existen otros contaminantes que no son gases de efecto invernadero, sino que afectan directamente a nuestra salud. “Aquí tenemos el óxido de nitrógeno, el dióxido de azufre, monóxido de carbono. Estos son gases que están  divididos en partes por billón, es decir, mil veces menos concentrados que el dióxido de carbono, pero con un gran impacto en la salud humana”, incide Querol.

Cómo afectan a la salud


Pero, todos estos datos, ¿qué pueden acarrear para la salud de los ciudadanos? El problema principal es que se incrementan la aparición y la gravedad de las enfermedades respiratorias, así como el deterioro de la función pulmonar. Además, el cardiólogo José Luis Palma, vicepresidente de la Fundación Española del Corazón, indica que “esa contaminación atmosférica genera que las partículas nocivas actúen directamente sobre la superficie de la mucosa nasal y bronquial provocando una inflamación. Esto aumenta la aparición de síntomas como la tos, e incrementa la frecuencia de que se produzcan más casos de cáncer de pulmón. Los grupos de población más sensibles son los niños, los ancianos o las mujeres embarazadas”.

Está demostrado que la contaminación ambiental aumenta los episodios trombóticos. Facilita que dentro de la sangre se produzcan coágulos, y que, a su vez, estos precipiten el fenómeno aterotrombótico, produciendo una mayor incidencia de tromboembolismo pulmonar,  tromboembolismo sitémico, etc. “La polución ambiental produce una situación idónea para que se produzca un episodio aterotrombótico, derivando en un infarto de miocardio o en un ictus con todas sus consecuencias”, explica Palma.

Otra de las consecuencias negativas que causa la contaminación, las señala Olaia Bronte, neumóloga del Servicio de Neumología del Hospital de Galdakao de Vizcaya y miembro de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ). “El tracto respiratorio es la puerta de entrada de los contaminantes, por lo que el sistema respiratorio es uno de los primeros afectados”, señala la especialista.

Entre los efectos crónicos, la contaminación del aire aumenta la mortalidad y disminuye la esperanza de vida. Además, a largo plazo deteriora la función pulmonar y desempeña un papel importante en el desarrollo de enfermedades crónicas respiratorias tanto en niños como en adultos. “La contaminación del aire tiene potencial carcinógeno por lo que aumenta la frecuencia del cáncer de pulmón”, afirma Bronte.



Pese a ser los afectados más evidentes, los pulmones y el corazón, no son los únicos. El ojo humano es un órgano extremadamente sensible al ambiente que lo rodea. Miguel Ángel Teus, oftalmólogo de la Clínica Novovisión, señala que desde al aire acondicionado hasta al tráfico son perjudiciales. “El problema reside en el bajo contenido de agua que posee el aire de Madrid y en las partículas procedentes de la contaminación atmosférica. La sequedad y la combustión propia de los coches y del contexto industrial alteran la superficie ocular. La cual se encuentra especialmente expuesta debido a su naturaleza mucosa. Los casos clínicos de ojo seco, fueron, en el pasado, un problema relativo a las personas de edad avanzada. Hoy cerca del 30 por ciento de la población lo padece con periodicidad a causa de los actuales niveles de contaminación”, señala Teus. El ojo seco es la enfermedad ocular más frecuente en los países desarrollados. Otras también habituales son la conjuntivitis alérgica y las cataratas. Las mujeres de más de cuarenta y cinco años, son el segmento de la población con mayor índice de riesgo.

Los pacientes con lentes blandas, tienen además, necesidades especiales debido a la suma de agresiones a las que someten su vista. “Estos últimos se ven obligados a recurrir a la suministración de lágrimas artificiales cuando aumenta la polución en su entorno. Ellos mismos afirman notar grandes mejoras al dejar estos espacios por otros destinos, como ciudades pequeñas o próximas a la costa”, explica Teus.


El ejercicio al aire libre también nos perjudica


La Fundación Española del Corazón y la Separ, recomiendan no hacer deporte al aire libre porque se aspiran muchas más partículas nocivas. “En el momento de realizar ejercicio físico, aumentan las demandas de oxígeno de nuestro organismo,  lo que conlleva una mayor acentuación de las respiraciones por minuto. Con ello aumenta el volumen de aire inspirado y dado que en este se encuentran diversos contaminantes, estos llegan también en mayor cantidad al  tracto respiratorio donde se alojarán en diferentes niveles en función de su tamaño y propiedades físico- químicas”, explica Bronte.

En caso de exponerse a espacios abiertos durante un entrenamiento, el deportista debe de consultar los niveles de contaminación atmosférica locales y el índice de la calidad del aire. Si los resultados no son favorables, lo correcto es reducir la duración y la intensidad de la práctica y complementarla en lugares cerrados. Las primeras horas de la mañana son las más seguras para el ejercicio. Otra forma sencilla de protegerse durante el deporte es mediante la utilización de mascarillas con filtros especiales.


Cómo prevenir los efectos


La mejora de la calidad del aire es una preocupación ambiental de primer orden y no es una opción de ecologismo, sino una necesidad de dar respuesta a un problema de salud pública de gran relevancia. “Si no los aceptamos así será difícil que logremos dar respuesta de manera eficiente a dicho problema. Podríamos equiparar la necesidad de aplicar medidas para reducir la contaminación del aire a la obligación de ponernos el cinturón de seguridad en nuestro coche, o a la prohibición de fumar en espacios públicos”, incide Querol.

Además, según la Agencia Europea de Medioambiente, se calcula que 31.000 personas fallecen cada año en nuestro país por la contaminación atmosférica. De estas, un alto porcentaje se debe a problemas respiratorios. Asimismo, se estima que más de dos tercios de la población infantil tiene su salud y su vida amenazada por los riesgos medioambientales presentes en sus hogares y en los entornos donde crecen, aprenden y juegan. Por lo que hay que ser consecuentes en que la polución ambiental tiene efectos negativos y hay que paliarlos.

Un aire de mayor calidad, pero también una mayor concienciación de los efectos que provoca el cambio climático son dos buenas armas para luchar contra ese verdugo etéreo. Para ello es vital desarrollar estrategias de acción que hagan hincapié en: la movilidad sostenible, la regeneración urbana, la adaptación al cambio climático, la sensibilización ciudadana y la colaboración con las instituciones. “La mejor forma de reducir estos efectos es obligando a los responsables a tener una mayor pureza del aire y obligar a los políticos a que incrementen leyes muy rígidas para paliar la contaminación. Se ha demostrado que una reducción importante en los niveles de polución, reduce los problemas cardiovasculares y respiratorios entre un 15 y un 20 por ciento. Son cifras muy importantes como para tomar medidas enérgicas. Por lo que son los propios ciudadanos los que deben animar o exigir a los responsables para aumentar las leyes”, aconseja Palma.



El modelo tradicional urbano está agotado. Es paradójico sí, pero Madrid, como motor económico de la sociedad, podría dejar de ser sostenible. Los ciudadanos han pagado el pato de la huella ecológica. Y, desgraciadamente, no solo Madrid. Son muchas las ciudades que, incluso con menos volumen de tráfico y población, están en una situación similar. Así las cosas, la pregunta es sencilla, ¿está todo perdido? Y la respuesta lo es aún más, no.

Un comportamiento humano adecuado y una conciencia social general, una mejor y mayor sostenibilidad medioambiental, una movilidad y un transporte más adecuado y conveniente al siglo que vivimos, regenerar y preservar recursos naturales o planificar la construcción nos pueden asegurar esa ciudad del futuro, sostenible, inteligente y eficiente que hace años vaticinaron algunos, pero, lo más importante, nos asegurará una buena calidad de vida, la prevención de enfermedades, tanto para esta generación como para las venideras.